Las razones de la militancia política
En el año 2007, en una de las provincias más bellas y ricas que tiene el país, Neuquén, los docentes de diferentes tendencias políticas organizaron una serie de protestas y cortes de ruta para pedir aumentos salariales, la mejora en las condiciones de trabajo, presupuesto para las escuelas y el pase a planta permanentes de un número importante de trabajadores estatales trabajando en la informalidad con el estado como empleador. Estas marchas que adoptaron la modalidad de piquete a partir de la década del noventa, tenían su origen en la destrucción del sistema federal de educación argentina desde la dictadura militar, proceso que se profundizó durante el gobierno de Alfonsín, y tuvo su punto cúlmine con el ascenso de Menem y la sanción de la ley federal de educación. Esta ley transfería la responsabilidad de organizar la ecuación a cada provincia, pero sin derivarle los fondos federales para financiarla, lo que en teoría perjudicaba especialmente a las provincias más pobres, pero a las provincias ricas les permitía ajustar los presupuestos educativos usando como chivo expiatorio al gobierno nacional.
Estas décadas de desfinanciamiento llevaron a la saturación de los establecimientos educativos, los salarios de miseria, la falta de formación docente, la desorganización de la oferta escolar y una profunda caída en el nivel educativo. Todas estas consecuencias de la retirada del estado en los 80’ y los 90’ generaron distintos intentos de resistencia por parte de los docentes que incluyeron paros, movilizaciones, cortes de ruta, clases públicas, etc, siendo la más conocida tal vez la Carpa Blanca de los 2000.
En ese sistema escolar desfinanciado, injusto y crecientemente marginal se educó Carlos Fuentealba, oriundo de Junín de los Andes, en la provincia de Neuquén. En el marco de esta escuela en crisis terminó sus estudios en la Escuela Industrial de la capital provincial de Neuquén, donde se recibió de técnico químico y pudo conseguir pequeños empleos en supermercados, radares, radios y una fábrica de jugo. Desde su inicio en la vida laboral en la década del 80’ militó en el Movimiento al Socialismo (MAS) hasta su desintegración en 1993.
Fuentealba militaba por un país más justo en el marco del creciente cinismo y brutalidad de las políticas neoliberales del menemismo.
A sus 38 años se recibió como docente de química en el Centro Provincial de Enseñanza Media N°69, ejerciendo la profesión en el barrio Cuenca XV, de la capital de Neuquén. Esta ciudad, así como la provincia, tiene la particularidad de tener avenidas con torres y mansiones a pocas calles de barrios que están montados al lado de las cloacas y por debajo de la línea de flotación del río. Basta caminar seis cuadras para cruzar el barrio de los petroleros y llegar a las calles de tierra. Ahí enseñó Fuentealba durante dos años antes de su última participación en la vida política de su pueblo.
No pasó lo que todo el mundo vio que pasó
El 4 de abril del año 2007, en plena campaña para las elecciones nacionales, el sindicato docente ATEN, perteneciente a CTERA, organizó un corte en la ruta 22. Fuentealba participó de la medida por decisión mayoritaria pero inicialmente se opuso al corte por el peligro que representaba el lugar y la posibilidad de la represión policial. No se equivocaba.
La provincia era gobernada por Jorge Sobisch, un rezago menemista del Movimiento Popular Neuquino, responsable directo del desfinanciamiento escolar en una provincia que tenía altísimas tasas de ganancia por derechos de explotación del petróleo. Dinero no le faltaba. Lo que sí pagaba Sobisch sin mirar el recibo eran las fuerzas de choque contra las protestas. Usar patotas o a la propia fuerza policial para reventar huelgas era algo común en la provincia de Neuquén.
Fue Sobisch el que le dió la orden a una fuerza policial totalmente embrutecida, precaria, entrenada sólo para la violencia, para despejar la ruta 22 mediante la represión. Esto derivó en el ataque frontal de la policía con balas de goma y gases lacrimógenos contra los docentes que debieron refugiarse en una estación de servicio cercana y despejar la ruta escoltados por las camionetas policiales. Hasta ese momento la protesta parecía terminada. Fuentealba viajaba en la parte de atrás de uno de los vehículos que participó de la protesta cuando, aparentemente, el espejo lateral del auto rozó a un oficial de a pie, lo cual derivó en la persecución y disparos de la policía hacia el vehículo. Estando detrás de Fuentealba, el oficial José Darío Poblete disparó una granada de gas contra el parabrisas trasero, atravesándolo y golpeando en la parte posterior de la cabeza al docente, provocándole hundimiento de cráneo y casi matando al resto de los que viajaban en el vehículo al llenar de gas su interior estando en movimiento.
Lo que ocurrió después fue el reconocimiento inmediato de que se había cruzado una línea. La fuerza policial cesó de inmediato la represión y se intentó dar primeros auxilios a Fuentealba. El daño en la parte posterior de la cabeza era demasiado grave. Fue trasladado al hospital provincial donde se le realizaron dos operaciones para intentar darle posibilidades, pero murió pocas horas después. Tenía cuarenta años, hacía dos nada más que se había recibido de docente. Murió el 4 de abril del 2007, a manos de un oficial tan ignorante que no sabía que la masa del proyectil sumado a su velocidad era suficientemente para asesinar a alguien.
La noticia se esparció por todo el país rápidamente, generando una huelga general de docentes y la ruina política de Sobisch que intentó esquivar a los medios, pero en las urnas sus resultados fueron terminantes. En pocas semanas, las reivindicaciones de los gremios docentes fueron atendidas, lo cual sólo aumentó la bronca de los docentes al ver lo poco que costaba arreglar la situación que denunciaban.
En dos meses, el oficial Poblete fue llevado a juicio donde ensayó una defensa históricamente ridícula: todo eso que vieron que pasó, no pasó. Yo no le disparé. Fuentealba murió por un fierrazo que le dieron los propios docentes al tratar de romper el vidrio trasero del auto porque querían sacar el gas lacrimógeno. Ese gas provenía de una granada que aparentemente se había materializado por arte magia dentro del vehículo. A Fuentealba lo lesioné, pero no lo maté.
Poblete y su abogado, al nunca haber recibido una formación apropiada en la fuerza policial no sabían que las armas están registradas a nombre su portador, que tienen grabado de seguridad para identificarlas, al igual que las municiones que usan. Tampoco sabían que los peritos balísticos pueden determinar la trayectoria de un proyectil, su procedencia y el área de impacto en un cuerpo. Con esta defensa ridícula Poblete fue sentenciado a cadena perpetua. Para su desgracia todavía no existían ministros de seguridad lo suficientemente brutos como para negar su responsabilidad en un crimen aberrante a pesar de la abrumadora evidencia documental y científica.
Muchos años más tarde, los responsables del operativo serían juzgados también por abuso de autoridad y armas de fuego. Sobisch sin embargo, ayudado por el poder judicial de la provincia no fue juzgado.
Las luchas que se heredan
Fuentealba se convirtió en un símbolo de la lucha contra la represión policial y un ícono de las luchas docentes en Argentina. Los años posteriores a su asesinato vieron mejoras en la educación a nivel presupuestario, pero una crisis en aumento en relación con la convivencia dentro de la escuela.
Si bien el kirchnerismo invirtió en infraestructura, insumos educativos y formación docente, por debajo la autoridad docente se vió socavada por un aumento de la violencia de alumnos y familias para con la escuela, y una constante desautorización de los docentes como portadores de conocimiento y adultos responsables en el aula. A ese deterioro continuo se le sumaron los gobiernos de la década más ignorante en términos políticos que este país haya visto. Macri que no sabía leer, Alberto Fernández que pensaba que los argentinos vinieron en barcos, y Milei que directamente es terraplanista. Además de estos gobiernos incalificables, todos hermanos en la reducción del presupuesto y los salarios, se sumó una pandemia que dejó a occidente en crisis, desnudó la falta de respuesta del sistema educativo y amplio los discursos anti científicos que dudan de los docentes y médicos, pero no discuten la opinión de los tres hombres más ricos de mundo.
La educación quedó de cabeza y se desprestigió tanto la protesta social que hoy en día un policía puede hacer lo mismo que Poblete hizo contra Fuentealba, pero cuenta con una ministra que niega lo innegable en todos los canales de televisión.
No son buenos tiempos para la educación en ninguno de sus niveles. Más que nunca necesitamos la lucha por la educación, con la suficiente conciencia para entender que no debemos exponernos porque sí, que la movilización de la sociedad es tan necesaria como peligrosa. Son tiempos de gran riesgo, es cierto, pero la participación ciudadana jamás fue tan necesaria. Debemos protegernos: los que mataron a Carlos Fuentealba eran eruditos al lado de las bestias fanáticas que pueblan las fuerzas de seguridad ahora.